Miguel Espinosa

REFLEXIONES SOBRE NORTEAM�RICA

 

 

CAP�TULO PRIMERO

PROLEG�MENOS A LA HISTORIA NATURAL DE NORTEAM�RICA, 

O G�NESIS DE LOS ESTADOS UNIDOS   

 

 

1. La colonizaci�n de Am�rica.

2. Procedencia del hombre norteamericano.

3. El alma puritano-cu�quera

4. Ideales pol�ticos de la �Aufkl�rung�.

5. La � Aufkl�rung� en Am�rica.

6. La �Weltanschauung� de los Padres de Norrteam�rica.

 

 

 


 

 

1.- La colonizaci�n de Am�rica.  

Los europeos llegaron a Am�rica como servidores de un poder o como emigrantes, es decir, corno conquistadores, a la manera romana, o corno colonos, a la manera semita.

En el primer caso pretendieron implantar en un territorio virgen la estructura social y la concepci�n pol�tica y religiosa de la vieja Cultura Occidental, ocupando por las armas la mayor parte del Nuevo Continente, y gobern�ndolo a la antigua, mediante proc�nsules y burocracia. En el segundo, fueron impulsados por tres razones diferentes: la simpat�a instintiva hacia formas de Infrahistoria, como en la circunstancia de los aventureros; la busca de f�ciles fuentes de riqueza, como en el suceso de los establecimientos mercantiles; o el ansia esperanzadora de realizar cierto ideal ut�pico de paz y felicidad, como ocurri� a los cat�licos fundadores de la colonia de Maryland, a los puritanos del Mayflower, creadores de Nueva Inglaterra, y a los cu�queros de Williarn Penn, asentados en Pennsylvania.

Los descubridores y conquistadores pasaron el Atl�ntico movidos por una conciencia ecum�nica y medioeval; los emigrantes, por ideolog�as y creencias reci�n surgidas en el suelo europeo. Tal es la notable diferencia entre una y otra manera de acercarse a Am�rica, y entenderla ya como una parte de Europa, o ya corno un acontecimiento distinto de todo lo occidental.

La colonizaci�n de Espa�a represent� el arquetipo del primer caso. Fuera del incidente ef�mero de los aventureros, los espa�oles llegaron al Nuevo Continente con �nimo de prolongar el esquema medioeval del Sacro Imperio Romano Germ�nico, sin pensar que Am�rica pudiera ser ocasi�n de nuevos experimentos. El Imperio M�gico Teol�gico era un ideal pol�tico que estaba derrumb�ndose en Occidente por empuje de las nacionalidades y la Revoluci�n Religiosa. Pero ya desde Carlos I, Espa�a se consider�  heredera y brazo armado del mismo, que defendi� hasta la Paz de Westfalia. La calidad medioeval del alma hispana influy� en la configuraci�n de esta pol�tica de tipo antiguo y se�orial, que se gan� la enemiga de todas las naciones europeas, traduci�ndose en la empresa americana por un sentir del imperio desconocido desde la ca�da de Roma.

Sin distinguir propiamente entre las colonias y la metr�poli, Espa�a acometi� la tarea de asentar sobre la barbarie del Nuevo Mundo el edificio burocr�tico, hier�tico, teol�gico y sacro del Estado de los Austrias, �nicos representantes de la idea ecum�nica del Medioevo. La administraci�n espa�ola result� enteramente semejante a la romana. En efecto: guiados por un instinto econ�mico que desconoc�a el mercantilismo, los espa�oles, como los romanos en otros tiempos, aprovecharon el territorio americano desde el punto de vista de cosa tesoro, pero no comerciaron, porque pose�an una concepci�n del Mundo ajena al sentir del comercio. Con esta idiosincrasia y la costumbre de ocupar militarmente el suelo conquistado, nombrando virreyes y creando centros inmediatos de administraci�n, fueron tambi�n los primeros europeos que construyeron en Am�rica monumentos, puentes de piedra, obras hidr�ulicas y catedrales, cosa que hubo de admirar todav�a a los norteamericanos que ocuparon la ciudad de M�jico en 1848.

La colonizaci�n anglosajona simboliz� el prototipo del segundo caso. Despu�s de la Reforma y las Guerras Religiosas, los anglosajones se acercaron a Am�rica como servidores de una nueva concepci�n del Mundo, representada por categor�a tan joven como el esp�ritu de las peque�as gentes, elevado a jerarqu�a universal por las sectas religiosas, y proyectado en la realidad a trav�s de mercantilismo. S�lo este esp�ritu y su ulterior desarrollo hizo posible la t�pica conciencia de los emigrantes, donde se avinieron el ansia de provecho y el amor por la libertad con rara unci�n religiosa, parecida a la del Pueblo Elegido.

Los ingleses no pensaron jam�s en trasladar Europa al Nuevo Continente. En principio, porque ven�an huyendo de las Islas; y en segundo lugar, porque carec�an de unidad ecum�nica e instinto de misi�n, concibiendo el suceso americano como hecho bien distinto de Occidente, lo cual favoreci� la emigraci�n, haciendo factible el nacimiento de una leyenda de esperanza. Las primeras colonias inglesas y holandesas fueron establecimientos de Compa��as de comercio, como Virginia; lugares de experimentaci�n para utop�as religiosas, o refugios de caridad para deudores pobres. De ah� su enclave costero y la falta de verdadera conquista militar, al estilo espa�ol. Mientras Espa�a conquist� por obra del Poder mismo, la posesi�n de Norteam�rica fue empe�o de los propios colonos, y se realiz� de forma paulatina, al tiempo que los primitivos ocupantes, franceses y espa�oles, perd�an territorios, por azares de la complicada pol�tica europea.

Estas dos especies de colonizaci�n produjeron, igualmente, dos clases diversas de comunidades: una estructurada seg�n los s�mbolos arcaicos de la Cultura Medioeval, y otra seg�n la corriente de la �ltima hora europea. La sociedad hispanoamericana result� aristocr�tica y burocr�tica, de tendencia se�orial y teocr�tica. Por el contrario, la sociedad anglosajona surgi� democr�tica desde el principio, basada en la lectura de la Biblia, la salvaci�n por el trabajo, la libertad, el mercantilismo y el provecho individual, razones obvias para las peque�as gentes.

La diferencia entre tales comunidades se vio reflejada en el destino de los territorios que dominaron, pues mientras Espa�a trasplant� su vieja civilizaci�n, sin dar ocasi�n a ensayar nuevas formas de convivencia, la colonizaci�n inglesa favoreci� el desarrollo de atrevidas estructuras pol�ticas, hasta el punto de perge�ar la historia de Norteam�rica como verdadero experimento, hecho conscientemente y de acuerdo con principios establecidos en Occidente.

Las colonias anglosajonas crearon e impulsaron un ejemplo de sociedad natural, atrevi�ndose a ello por instinto. Las espa�olas se vieron sumidas en la recia hondura de una civilizaci�n inmensamente compleja, endurecida y hecha de una vez para siempre, como los moldes l�gicos de la escol�stica. Espa�a envi� a las Indias los mismos hombres de la Contrarreforma y Trento; Inglaterra, nuevos tipos de conciencia, casi siempre heterodoxas y poco amigas del Rey.

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2. -Procedencia del hombre norteamericano.  

 As� como al hablar de la historia de Roma se nombra a los pelasgos, etruscos y latinos, as� al mencionar el suceso norteamericano habremos de citar los or�genes, procedencia y nombre de quienes habitaron aquellas tierras por vez primera, excepci�n hecha de los indios abor�genes, que pertenecen a la Infrahistoria, como ya se dijo. Por eso, antes de enfrentarnos definitivamente con la Historia Natural de Norteam�rica, conviene hacer una r�pida incursi�n al mundo europeo de la Edad Moderna, para tratar de descubrir la g�nesis ideal del hombre norteamericano, analizando los procesos que dieron lugar a su formaci�n.

Hacia la primera mitad del siglo XVI, la Revoluci�n Religiosa y la eclosi�n del Primer Humanismo europeo produjeron nuevos tipos de conciencias occidentales, surgidas al tiempo que las nacionalidades, perge�adas como modelos �nicos, y configuradas a trav�s de un complicado fen�meno, donde tomaron igualmente parte la Reforma Protestante, el sentir liberador del humanismo y los caracteres aut�ctonos de cada raza, naci�n o grupo humano. Fuera del gran tipo franc�s, un hombre ge�metra-cartesiano, ampliamente dotado de ingredientes humanistas, las conciencias as� formadas en la Europa Transalpina resultaron una rara mezcla de racionalismo y esp�ritu religioso. Pero fue en Inglaterra donde estas fuerzas se aliaron m�s estrechamente para formar un tipo especial de hombre, a quien estaba reservado el dominio de Norteam�rica.

Se trata del hombre puritano, en sentido amplio, nombrado as� no tanto por sus creencias religiosas como por su t�pica concepci�n del Mundo. Dos fueron los elementos originarios de su constituci�n: el calvinismo y la inconfundible predisposici�n racionalista del alma inglesa. Los ideales del Primer Humanismo

europeo, representado por una personalidad como Erasmo, brillaron por su ausencia, con lo cual pudo perge�arse con libertad una conciencia creyente y limitada, que pose�a en muchos aspectos algunas caracter�sticas del pueblo jud�o.

La doctrina calvinista era una s�ntesis de racionalismo semita e instinto religioso, que propugnaba, entre otras cuestiones m�s teol�gicas, la justificaci�n del individuo por el trabajo, la legitimidad del cobro de intereses, la perfecci�n de los escogidos y el propio sacerdocio de s� mismo, convirtiendo la comunidad pol�tica en una verdadera oligarqu�a de santos, congregados en iglesias independientes de cualquier autoridad episcopal. Ven�a esta doctrina de la Revoluci�n Religiosa, y ten�a como m�ximos enemigos a Roma, al mismo Lutero y a la Iglesia Anglicana. El hallazgo m�s importante de Calvino fue la admisi�n del esp�ritu de las peque�as gentes en la concepci�n religiosa del mundo, y la comunicaci�n directa del hombre con Dios, a la manera de la vieja conciencia b�blica. El resultado inmediato de todo esto pareci� ser la democratizaci�n de la religi�n.

Pero adem�s de elementos puramente espirituales, el calvinisrno pose�a valores racionalistas aptos para desarrollar un sentir pragm�tico de la vida, donde pudieran ocupar lugar preeminente las esperanzas de todos los hombres medios. As� floreci� como una especie de mesianismo moderno, que predicaba la valoraci�n del individuo seg�n el ethos de la Biblia, desprovisto de influencias grecolatinas, y la santidad innata de los elegidos, destinados a conquistar el mundo por el trabajo, la posesi�n de la riqueza y la simpat�a de Jehov� hacia los suyos. De ah� que su credo fuera aceptado por un sector importante del alma inglesa, megal�mana y especialmente dotada para querer las cosas convenientes y situar en esa conveniencia un fondo moral y determinista.

La pobreza de las Islas, la crueldad de la nobleza y las luchas que se desarrollaron en Inglaterra durante los siglos XVI y XVII colaboraron en la configuraci�n del hombre puritano. Frente a la merry old England de Shakespeare, se�orial, anglicana o cat�lica, esta nueva conciencia opuso una Inglaterra elegida especialmente para las iras o el amor de Dios, fundamentada en la lectura de la Biblia, en la tradici�n semita del ethos y en la necesidad de ganar los oc�anos para las humildes y provechosas batallas mercantiles. Los puritanos encontraron seria oposici�n desde el primer momento, pero este mismo inconveniente les ayud� a perge�ar un complejo de persecuci�n, resistencia y martirio que favoreci� la ambici�n de fundar comunidades libres.

Hacia el reinado de Isabel Tudor, el alma puritana estaba extendida por todas las Islas, llegando a formar un verdadero tipo de hombre nuevo, surgido de elevar a categor�a universal el esp�ritu de las peque�as gentes. La raza que inici� entonces la conquista de la Tierra result� mezcla de valores puritanos y antiguas virtudes anglosajonas, pues hasta los mismos ortodoxos anglicanos compartieron la concepci�n puritana del Mundo en los aspectos no religiosos, aprovechando su genio democr�tico y mercantilista. La valoraci�n moral del acto mercantil y la liberaci�n del instinto de los negocios fueron obras tan propias del puritanismo, que no es posible distinguir dentro de su doctrina entre un Mundo de comerciantes y un mundo de esp�ritus religiosos. Tal es lo contrario de cuanto ocurre en el catolicismo, donde aparecen perfectamente delimitados los problemas terrenos y espirituales.

El nuevo tipo de hombre ingl�s goz� de extraordinarias energ�as creadoras, como si estuviera ungido por un demiurgo joven y poderoso. Pero fue el amor hacia la libertad lo que m�s f�cilmente conmovi� su alma. Las feroces pugnas que ven�an sufriendo las Islas desde la Guerra de las Dos Rosas hicieron posible la configuraci�n de un anhelo general de libertad. El puritanismo, acostumbrado a toda clase de persecuciones, recogi� esta ambici�n y la trasplant� al Nuevo Mundo, construyendo los fundamentos de la futura sociedad democr�tica.

Los primeros puritanos, o Padres Peregrinos del Mayflower, llegaron a Norteam�rica en 1620, fundando la colonia de Nueva Inglaterra. Diez a�os m�s tarde, o sea, en 1630, bajo Carlos I Stuardo, lleg� otra expedici�n a la Bah�a de Massachusetts, en la costa de la misma colonia. Desde entonces qued� �sta pr�cticamente independiente de la metr�poli, regida por sus propios habitantes y dominada por la idea de pacto social. Aunque los puritanos no admitieron tolerancia religiosa, se inclinaron por la constituci�n de una comunidad democr�tica de tipo jur�dico.

Los Peregrinos del Mayflower configuraron el primer ejemplo de contrato social escrito que se conoce como estrictamente tal. He aqu� su texto: �En nombre de Dios, am�n. Nosotros, los infrascriptos, leales s�bditos de nuestro temido soberano y se�or el Rey Jacobo, por la gracia de Dios, de Gran Breta�a, Francia e Irlanda, Rey, Defensor de la Fe, etc�tera. Habiendo emprendido para gloria de Dios, progreso de la Fe cristiana y honra de nuestro Rey y pa�s, un viaje para fundar la primera colonia en las partes septentrionales de Virginia, con los presentes, solemne y mutuamente en presencia de Dios y el uno del otro, acordamos y nos combinamos en una naci�n civil, para nuestra mejor ordenaci�n y protecci�n y logro de los fines antedichos; y en virtud de ello promulgamos, constituimos y construimos, tales justas e iguales leyes, ordenanzas, decretos, constituciones y cargos, de un periodo a otro, como se crean m�s adecuados y convenientes para el bien general de la colonia, a los cuales prometemos todos debida sumisi�n y obediencia. En testimonio de lo cual suscribimos aqu� nuestros nombres, en Cape Cod, el once de noviembre, en el reino de nuestro soberano y se�or el Rey Jacobo de Inglaterra, Francia e Irlanda, el dieciocho de su estirpe, y el cincuenta y cuatro de Escocia. A�o del Se�or de 1620�.

Hacia 1681 se establecieron en Pennsylvania los cu�queros de William Penn, que tanta influencia hablan de tener en la configuraci�n del Experimento Americano. Se trataba de una secta fundada por George Fox, cuyo credo tend�a a propagar un sentir naturalista y simple de la religi�n, extremando los principios puritanos,  y prescindiendo, por tanto, de cualquier sacerdocio, iglesia, agrupaci�n religiosa, Biblia o evangelio escrito. William Penn llam� Santo Experimento a su colonia, y le concedi� una Constituci�n o Carta de Privilegios, que perdur� hasta 1776, am�n de c�digos liberales.

Sin embargo, no vamos a decir que estos fueran los �nicos tipos humanos que colonizaron Norteam�rica, pues tambi�n llegaron anglicanos, cat�licos y hugonotes, adem�s de holandeses, que fundaron Nueva York. Mas en seguida veremos la influencia y predominio de aqu�llos en el perge�o de la Historia Natural de los Estados Unidos.

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3. - El alma puritano-cu�quera  

 

 Las sectas no propiamente luteranas que surgieron de la Revoluci�n Religiosa lograron formar una especial conciencia pol�tica en sus creyentes, inspir�ndoles ideas democr�ticas; pero s�lo los grupos puritano y cu�quero alcanzaron a perge�ar un ideal de comunidad meramente terreno y laico. Por eso, al poco de comenzar el experimento religioso-mercantil de las colonias americanas, estos grupos dieron en construir los cimientos del mundo querido por las peque�as gentes, donde se realizaban a un tiempo la libertad individual, el provecho ganancioso y la salvaci�n celestial. Virginia, Nueva Inglaterra, Nueva York y Pennsylvania brotaron como verdaderas sociedades naturales, casi independientes de la metr�poli y regidas por constituciones propias, como ya sabemos. El gobierno de s� mismos y la diferenciaci�n de Europa fueron los empe�os m�s tenaces y originarios de sus componentes, cuyos afanes ten�an que resultar forzosamente l�gicos, pues, ninguno de ellos hab�a ido al Nuevo Continente con �nimo de trasplantar la estructura europea, sino impulsado por el ansia de experimentar nuevas formas de vida.

De ah� que las colonias americanas aparecieran desde su origen como un suceso pol�tico distinto de Inglaterra y Occidente, que pudieron asombrarse m�s tarde de encontrar, por primera vez en la Historia, el ejemplo de una comunidad constituida por pacto racional. La g�nesis de los Estados Unidos se debi�, sin duda, al empe�o de las conciencias puritano y cu�quera, que llegaron a encarnar, con vigor pre�ado de fatalidad, la idea mesi�nica de construir un mundo de simple Historia Natural, fundamentada en la valoraci�n del individuo y encaminada a realizar la felicidad en la tierra.

Llamaremos, pues, alma puritano-cu�quera a la sustancia originaria del tipo de hombre norteamericano, raz�n �ltima y causa primera de la Historia de los Estados Unidos, presupuesto t�pico, �nico y propio, no dado en ninguna otra circunstancia o lugar.

Las creencias pol�ticas fundamentales de esta clase de alma pueden reducirse a seis: Que el hombre, considerado en su individualidad, frente al clan, la casta o cualquier otro grupo m�gico, es la primera y �nica c�lula de todo hecho social; si la sociedad se divide, da individuos, no grupos. Que, en consecuencia, la comunidad nace por contrato entre individuos. Que la empresa pol�tica puede ser comprendida y desarrollada como actividad humana, partiendo de la interioridad de la persona y teniendo en cuenta los fines queridos por los particulares, tal vez modestos y limitados a un ideal de mera felicidad, ganancia provechosa o libertad frente al Poder. Que este desarrollo de la empresa pol�tica como actividad humana es un hacer racional, previsto por la naturaleza de las cosas. Que el objeto inmediato de la comunidad debe ser la dicha de los individuos, prevaleciendo el fin hedon�stico sobre cualquier otro. Que, por �ltimo, a la funci�n objetiva del Estado ha de corresponder una intenci�n paralela de los ciudadanos, cuya voluntad no se revela corno simple adhesi�n a posteriori, sino como algo que informa al Poder mismo.

No es licito afirmar que Occidente desconociera el contenido de estos Postulados antes bien: todos ellos nacieron de la Historia Universal de Europa, como es obvio, y fueron perge��ndose en la teor�a pol�tica de la Edad Moderna. Pero s�lo en el alma puritano-cu�quera se mostraron como verdadera fe pre�ada de fatalidad, lo cual hizo posible el nacimiento de una especie de mesianismo democr�tico, destinado a realizar en tierras americanas el credo pol�tico de las peque�as gentes. La ausencia inicial de humanismo en los grupos puritano y cu�quero fue suplida por un soterr�neo instinto racionalista que alentaba desde antiguo la raza inglesa, y que se adelant� a muchos fen�menos ideol�gicos europeos, yendo a encontrarlos. Se trataba de un racionalismo de tipo semita, es decir, no puramente eid�tico, donde la raz�n se ha desprovisto de su car�cter ideal para convertirse en algo eminentemente pr�ctico, una categor�a moral que busca lo conveniente a trav�s de una sencilla estructura de valores simples: el individuo, su provecho, su libertad y su felicidad. El hecho de las colonias americanas demostr� que a partir de este racionalismo �tico pod�a construirse una sociedad de car�cter natural.

Si analizamos, por lo dem�s, la estructura del alma puritano-cu�quera, encontraremos en ella dos clases de instintos fundamentales para el desarrollo y perduraci�n de la empresa pol�tica: el instinto mesi�nico y el instinto de moderaci�n. Sin la integraci�n del primero en la conciencia americana anterior al hecho de la Independencia no hubiera podido configurarse con �xito el Experimento de los Estados Unidos, pues la inmigraci�n sucesiva de elementos extra�os, principalmente de raza irlandesa, alemana, italiana y holandesa, habr�an dado al traste con cualquier prop�sito puramente racional. Desde la constituci�n de la sociedad colonial hasta la plenitud de la Rep�blica Americana, la calidad moral y el car�cter mesi�nico del alma puritano-cu�quera gozaron de suficiente poder seductor para absorber los esp�ritus ajenos, eludiendo cualquier mixtificaci�n a trav�s de un largo per�odo de organizaci�n interior, donde colaboraron hombres de todas las lenguas. El resultado fue la unidad esencial de la democracia, su persistencia tenaz y su extensi�n territorial, que no habr�an podido alcanzarse sin aquella previa unidad de querer y fatalidad, personificada en el instinto mesi�nico del alma puritano-cu�quera y su mundo en torno.

A pesar de los aparentes extremismos religiosos, el tipo de hombre norteamericano amaba la moderaci�n, 1o cual parec�a provenir de su herencia inglesa y pragm�tica. Se trataba, sin duda, de una virtud ampliamente sentida por el alma puritano-cu�quera, consustancial a su naturaleza y muy arraigada en el esp�ritu de las peque�as gentes; algo, en suma, no inventado por necesidad o conveniencia de la comunidad, sino configurado a un tiempo que la personalidad y concepci�n del Mundo. Sean cuales fueren las ideas y creencias de los grupos puritano y cu�quero, su actualizaci�n terrena ten�a que ser moderada. Ahora bien: Si desde todo punto de vista la moderaci�n es fatal a la obra bien hecha, con mayor precisi�n lo es a la realidad pol�tica, pues siendo la sociedad una parte de la naturaleza de las cosas, s�lo all� encuentra el bello ideal de armon�a y justicia que se cumple en el resto de la Creaci�n. La simpat�a que la verdadera sustancia pol�tica se tiene a s� misma, se manifiesta en el instinto de perdurar, que se realiza por el m�todo de la moderaci�n.

De ah� la importancia e influencia de esta virtud en la constituci�n y car�cter del Experimento Americano. El suceso de los Estados Unidos fue en todo momento un ejemplo de moderaci�n y equilibrio, sin los cuales no hubiera pasado de mera aventura, carente de sabidur�a y conciencia. Las creencias del alma puritano-cu�quera y sus dos clases de instintos convirtieron la realidad americana en una aut�ntica naturaleza pol�tica, semejante a las conocidas por griegos y romanos.

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4. - Ideales pol�ticos de la �Aufkl�rung�.  

 

 Acabamos de se�alar la influencia y lugar preeminente del alma puritano-cu�quera en la configuraci�n y desarrollo del Experimento de los Estados Unidos. Sin embargo, lo que ha sido y lo que es Norteam�rica no se debe s�lo al predominio de esta clase de alma y su especial mundo de creencias y virtudes, sino tambi�n a la colaboraci�n de otros principios no menos t�picos y persistentes en el milagro norteamericano. Se trata, desde luego, de elementos ajenos y accidentales al esp�ritu originario de las colonias, que no hubieran podido revelarse como energ�as creadoras sin el substratum de un alma casi aut�ctono, pero que unidos a ella determinaron un posterior y r�pido desenvolvimiento de los primitivos prop�sitos. Tales son los principios de la Aufkl�rung surgidos en Occidente como algo distinto del medio ambiente puritano-cu�quero, pero alcanzados y recogidos por el hombre norteamericano de una manera eminentemente natural. Entre la sociedad de las colonias, constituida de hecho, y los postulados de la Aufkl�rung habla una relaci�n de simpat�a que debla abocar en un proceso de mutua influencia mixtificadora.

Hagamos una r�pida incursi�n al mundo europeo del siglo XVIII para descubrir lo que era la Aufkl�rung. Despu�s de la Revoluci�n Religiosa y las cruentas luchas que le siguieron hasta la Paz de Westfalia, el viejo racionalismo occidental, que hab�a producido ya en Francia un tipo tan puro como el ge�metra-cartesiano, alcanz� a desarrollar un proceso de s�ntesis entre sus propios valores y otros referentes al hombre, considerado como individuo y ciudadano. El resultado fue el movimiento llamado Aufkl�rung, que se revel� desde su origen con inusitada energ�a. Aufkl�rung viene del verbo alem�n aufkl�ren, que significa esclarecer, aclarar, ilustrar. Aufkl�rung es, pues, esclarecimiento del hombre, iluminismo salvador. Su traducci�n espa�ola queda expresada en la palabra Ilustraci�n; es ilustrado el esclarecido o iluminado por la raz�n.

Eid�tico es un t�rmino referente al eid�s, la pura idea en s�, concebida como realidad que est� fuera del hombre; paid�tico, un t�rmino referente a la paideia, s�ntesis de raz�n, naturaleza y hombre. La paideia es educaci�n a la manera griega, ya que el individuo resulta en ella el centro del Mundo.

Pues bien: hubo un racionalismo eid�tico, como el cartesiano o el iusnaturalismo del siglo XVII, y un racionalismo paid�tico, como el de la Aufkl�rung. Los dos repudiaron cualquier concepci�n m�gica, est�tica o irracional del Mundo; mas el primero desde el eid�s, y el segundo desde la paideia. El uno desde la pura raz�n, como medida del Universo; el otro desde la raz�n pr�ctica, considerada como medida de lo que conviene al hombre. La raz�n pr�ctica no era intelectual en la Aufkl�rung, por as� decirlo, sino paid�tica, revel�ndose como compendio de la idea, la naturaleza de las cosas y la misma naturaleza humana. La paideia de la Aufkl�rung, como la griega, tend�a a configurar un tipo de individuo total, realizado a trav�s de la conjunci�n de estas tres expresiones del Mundo: Raz�n, Naturaleza y Sentimiento.

De tal s�ntesis naci� un nuevo esp�ritu europeo, que vino a reconciliar idealmente el genio de la Revoluci�n Religiosa con el viejo humanismo, logrando unificar as� el alma occidental, dividida desde la reforma. No es misi�n nuestra estudiar aqu� la influencia de este nuevo esp�ritu en la Historia Universal de Europa, pero si tratar de analizar el contenido de su ideario pol�tico, por lo que tiene de relaci�n con el suceso norteamericano. Para ello habremos de dividir las categor�as pol�ticas de la Aufkl�rung  en tres grupos fundamentales: creencias sobre el hombre y la humanidad, conceptos sobre la sociedad y presupuestos para la felicidad terrena.

Las creencias sobre el hombre y la humanidad podr�an resumirse en los siguientes postulados, admitidos generalmente como incontrastables: fe en la bondad natural del hombre; fe en una especie de segunda naturaleza humana, todav�a no realizada en la Historia, pero fatalmente posible; y fe en el progreso, considerado como un fluir irremediable e inexcusable hacia la felicidad terrena, impl�cita en la condici�n humana y no desarrollada sino por las luces de la Ilustraci�n.

Los conceptos sobre el origen, justificaci�n y fines de la sociedad fueron id�nticos a los del iusnaturalismo del siglo XVII, pero desprovistos de su primitivo sentido jur�dico y fuertemente cargados de valoraciones casi m�gicas, donde la palabra pol�tica pierde su antiguo car�cter cient�fico, de algo referente a la organizaci�n racional de la polis, y se convierte en un t�rmino est�tico, que hace relaci�n a la felicidad de los hombres. Tales conceptos han sido estudiados al analizar las seis creencias pol�ticas fundamentales del alma puritano-cu�quera, pues son iguales y vienen de la misma fuente. En este aspecto, la Aufkl�rung no hizo m�s que dotar de calidad est�tica las ideas jur�dicas del viejo racionalismo, transform�ndolas en ideario de propaganda.

Por �ltimo, los presupuestos pol�ticos para la realizaci�n de la felicidad terrena resultaron inmanentes y democr�ticos en la Aufkl�rung concebidos de una manera fatal, y entendidos como algo necesario a cualquier forma de sociedad justa. Tales fueron: la libertad del individuo, la igualdad de los ciudadanos y la primac�a de la voluntad general. As� aparecieron en Rousseau, donde la paideia se convierte en Religi�n de la Humanidad, manifestada a trav�s del sentimiento, que se revela como lo m�s libre y originario que hay en el hombre.

De estas categor�as pol�ticas de la Aufkl�rung, creencias, conceptos y presupuestos, naci� la fe en una especie de Nuevo Para�so Terrenal de la raz�n y la libertad, Ciudad de Dios o Arcadia del siglo XVIII, donde se realiza un verdadero ideal de Historia Natural, que justifica al individuo en la felicidad terrena, por encima de la autoridad y de cualquier misi�n o mito trascendente.

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5.- La � Aufkl�rung� en Am�rica.  

 

 El hombre norteamericano recibi� los ideales de la Aufkl�rung como quien recibe algo que est� impl�cito en su personalidad, es decir, como quien recoge una sabidur�a que tiene a la mano y reconoce como propia. Por su contextura, virtudes y concepci�n del hecho pol�tico, el alma puritano-cu�quera estaba especialmente dotada para encontrar en la Aufkl�rung ideas familiares, si bien expuestas a trav�s de una filosof�a m�s universal y abstracta. Todo cuanto pod�a defender y propagar esta filosof�a hab�a sido fuertemente intuido por el esp�ritu de las colonias, que descubr�a en ella el t�rmino natural de su propio desarrollo, abocando a la misma de una manera tambi�n natural, sin extra�ezas, contorsiones ni extremismos. Dada la estructura del mundo pol�tico europeo y la configuraci�n est�tica de su sociedad, los ideales de la Aufkl�rung resultaron revolucionarios e ins�litos en Occidente. Pero en la lejan�a de las tierras americanas, y sobre la base de una comunidad natural, constituida de hecho y dedicada al provecho ganancioso, sin clase distinguida ni estado de la canalla propiamente dichos, estos ideales parecieron bien l�gicos y moderados; en suma, algo que no pod�a asombrar al hombre norteamericano, porque lo llevaba consigo desde antiguo.

El gran tipo del se�or franc�s del siglo XVII, un hombre ge�metra-cartesiano, que dio una nueva configuraci�n racionalista a las ideas de Europa, no logr� influir en el alma puritano-cu�quera, cargada de valoraciones �ticas y sentido de lo conveniente. De ah� que en las colonias americanas apenas pudiera notarse la presencia de esta clase de hombre occidental, dotado especialmente para entender el Mundo como realidad diferente del individuo y concebir la pol�tica como un juego de poderes. En el alma puritano-cu�quera habla ciertamente repugnancia hacia una pura concepci�n eid�tica del mundo o un entendimiento cruel de la pol�tica, valorada como arte y no como ciencia.    

Mas cuando surgi� en occidente el nov�simo tipo de hombre europeo del siglo XVIII, u hombre paid�tico, estructurado seg�n una raz�n pr�ctica que busca la felicidad, el alma norteamericana encontr� su propio modelo universal. Sin embargo, este hallazgo no fue un verdadero descubrimiento, sino m�s bien un reconocimiento. A la manera de lo que ocurre en la filosof�a plat�nica respecto a las ideas humanas, que son recuerdo de impresiones ultraterrenas, el esp�ritu norteamericano record� en la Aufkl�rung  sus propias impresiones originarias. Por eso, algo tan fundamental a la Historia de Occidente como el genio de la Revoluci�n Francesa, considerado por los europeos a la manera de un �ngel salvador o un demonio pernicioso, seg�n los casos, result� antiguo y familiar al mundo de las colonias americanas. Mas en todo momento, y por encima de cualquier interpretaci�n, fue un �ngel o demonio eminentemente aut�ctono, pr�ctico y modesto; en suma, un demiurgo puritano-cu�quero antes que ilustrado.

Sin embargo, no es l�cito afirmar que el suceso de Norteam�rica provenga de la Aufkl�rung. Lo licito y cient�fico es advertir en qu� aspectos coincidi� el alma puritano-cu�quera con los ideales de la Aufkl�rung, y en qu� otros aspectos recibi� ense�anzas de ellos. Para eso habremos de volver sobre lo que hemos llamado categor�as pol�ticas de la Ilustraci�n, divididas en creencias sobre el hombre y la humanidad, conceptos sobre la sociedad y presupuestos para la realizaci�n de la felicidad terrena. Dejemos de momento la primera y analicemos las dos �ltimas, enfrent�ndolas con la sustancia norteamericana.

Los conceptos de la Aufkl�rung sobre el origen y fines de la comunidad estaban ya impresos en el alma puritano-cu�quera desde antiguo. De una manera originaria e instintiva, sin necesidad de ning�n esfuerzo contra la tradici�n, el hombre norteamericano del siglo XVIII entendi� como incontrastables los siguientes principios, ya mencionados en otra ocasi�n: que el individuo es la c�lula primaria de toda comunidad, que la sociedad nace naturalmente por contrato, que su desarrollo es una actividad humana, que esa actividad puede ser concebida como hacer racional, que la busca de la felicidad debe ser el objeto inmediato del ente social, y que a la funci�n del Poder ha de corresponder una intenci�n semejante de los ciudadanos. En este aspecto la Aufkl�rung no tuvo que ense�ar nada, sino coincidir simplemente con el alma puritano-cu�quera.

Los presupuestos pol�ticos de la Aufkl�rung para la realizaci�n de la felicidad terrena eran tambi�n conocidos y queridos por el hombre norteamericano. Las ideas de libertad, igualdad y primacia de la voluntad general no pod�an resultar nuevas a la raza inglesa, y menos al esp�ritu de las peque�as gentes americanas, herederas de los que llegaron al Continente Americano con �nimo de construir una estructura pol�tica natural. Los mismos escritores de la Aufkl�rung admiraron en la sociedad americana la realizaci�n de tales presupuestos, antes de que Norteam�rica fuera libre y la Revoluci�n Francesa los transformara en preceptos universales. Tampoco la Aufkl�rung pudo ense�ar nada nuevo en este otro aspecto, sino coincidir tambi�n con la conciencia norteamericana.

Lo que el alma puritano-cu�quera recibi� y aprendi� de la Aufkl�rung fue la doctrina referente al hombre y la humanidad en general, resumida en estos principios ya conocidos: optimismo antropol�gico, fe en una especie de segunda naturaleza humana, y fe en el progreso. A la vista se nota que estas creencias eran m�s filos�ficas y abstractas que pol�ticas y pr�cticas, implicando una verdadera concepci�n paid�tica del Mundo, donde el hombre se convierte en un ser laico o divorciado de la Divinidad, siendo, a su vez, el centro del Universo. De ah� que el alma puritano-cu�quera apenas pudiera concebirlas por propio esfuerzo, impidi�ndolo su eminente calidad �tica y cargaz�n religiosa. Mas una vez que la filosof�a europea mostr� tales principios como algo ya hecho, el hombre norteamericano se atrevi� a recibirlos como fundamentos naturales de su conciencia pol�tica, encontrando impl�citos en ellos el ideal de Historia Natural y la raz�n de la democracia. Con esto se logr� perge�ar a posteriori una explicaci�n universal del suceso norteamericano, ganando vuelo de �guila para sus propulsores, como se vio en las Declaraciones de Derechos de los Estados.

Resumiendo, finalmente, podemos decir que la Aufkl�rung apenas ense�� al hombre norteamericano nada nuevo respecto a la teor�a, organizaci�n y fines del gobierno; pero si una filosof�a de car�cter universal, donde el alma puritano-cu�quera encaj� sus creencias, convirti�ndolas en ideario de propaganda. Mientras los postulados de la Aufkl�rung hallaban en la sociedad americana el ejemplo vivo de sus doctrinas, la comunidad americana encontraba en la Aufkl�rung su propia filosof�a y pathos de expresi�n pol�tica.

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6. - La �Weltanschauung� de los Padres de Norteam�rica.  

 

Con lo dicho sabemos que el alma puritano-cu�quera y los postulados de la Aufkl�rung fueron elementos diferentes, pero constitutivos del proceso configurador del Experimento Americano, que s�lo lleg� a cristalizar como verdadera unidad de querer pol�tico, consciente de s� misma y f�cil de distinguir de cualquier otra realidad social, cuando ambos principios alcanzaron a confundirse para formar un ser �nico: la Weltanschauung de los Padres de Norteam�rica, completamente perge�ada hacia los tiempos de la Independencia.

Weltanschauung es una palabra alemana que significa concepci�n del mundo, en sentido absoluto, y la transcribimos en idioma germano para poder usarla como sustantivo, ya que de otra manera pierde su impronta t�pica. Pues bien: fuera de una investigaci�n sobre el origen ideal del hombre norteamericano, y fuera tambi�n de cualquier an�lisis de los fen�menos anteriores a la Independencia de los Estados Unidos, lo m�s concreto, incontrastable, actual y pr�ximo a nosotros de cuantas razones o principios podamos arg�ir para explicar el Experimento Americano, es la Weltanschauung de los Padres, en cuyo contenido est� impl�cita la futura idiosincrasia de Norteam�rica.

Seg�n acabamos de expresar, esta Weltanschauung fue resultado de la conjunci�n sustancial del alma aut�ctono norteamericana y la filosof�a de la Aufkl�rung, que llegaron a fundir una sola realidad. Sin embargo, ello no quiere decir que ambos elementos desapareciesen al formar un nuevo cuerpo; antes bien: continuaron presentes, actuales y actuantes hasta nuestros d�as, sin convertirse jam�s en principios simplemente hist�ricos, que se eclipsan una vez cumplida su misi�n. Por eso, siempre que analicemos la Weltanschauung de los Padres, encontraremos filosof�a de la Aufkl�rung y sustancia puritano-cu�quera, no meros indicios de haberlas habido. Tal ocurri� desde Jefferson a Franklin Delano Roosevelt.

Por lo dem�s, resulta f�cil descubrir el contenido de esta Weltanschauung, pues si conocemos por separado lo que son alma puritano-cu�quera y filosof�a de la Ilustraci�n, conoceremos lo que son en conjunto. Mas conviene se�alar el lugar que cada uno de estos principios ocupa en aquella. El alma puritano-cu�quera es a la manera de la sustancia; la filosof�a de la Aufkl�rung, a la manera de los accidentes. Si se entiende por propia sustancia aquello que no reside en otro, y por accidente lo que puede estar en los dem�s, comprenderemos en seguida el puesto eminente del alma puritano-cu�quera en el suceso de los Estados Unidos. Sin filosof�a de la Aufkl�rung pudo haber Experimento Americano, pero no sin alma puritano-cu�quera. Tambi�n los ideales de la Aufkl�rung residieron en otros grupos sociales, sin dar un resultado mejor o peor, sino diferente. Como hemos dicho en otra ocasi�n, una mera filosof�a no construye realidad pol�tica a no ir acompa�ada de firmes valoraciones �ticas anteriores al ideario. De ah� la raz�n cient�fica de fundamentar el an�lisis de cualquier ente pol�tico sobre lo que venimos llamando alma o tipo de hombre, y no simplemente sobre ideolog�as. En una Weltanschauung, o concepci�n total del mundo, colaboran de forma indestructible estos dos elementos; pero el primero jam�s cambia, pudiendo hacerlo el segundo. Es posible que en Norteam�rica cambie hoy la filosof�a de la democracia, pero no el alma puritano-cu�quera, que seguir� informando el esp�ritu de la Rep�blica.

El efecto m�s inmediato de la Weltanschauung de los Padres fue el nacimiento de los Estados Unidos, tal corno ahora se entienden y valoran. S�lo a partir de este momento comenzaron a interesar a Europa, y s�lo desde entonces pudieron los hombres norteamericanos hablar de democracia en el sentido ilustrado de la palabra. Antes hab�an hablado de estructuraci�n de la sociedad y organizaci�n del gobierno; tambi�n de libertad y derechos del ciudadano, entendidos como derechos tradicionales de los ingleses; pero no de Derechos del Hombre. Fue la Weltanschauung de los Padres quien dio los moldes o categor�as de pensamiento suficientes a transformar en doctrina universal lo que hab�a sido fuero o idiosincrasia de grupo, raz�n pragm�tica y local, realizada en un lugar y momento determinados. Esta Weltanschauung super�, pues, el hecho aislado y particular de la sociedad americana, convirti�ndolo en ejemplo ecum�nico, con lo cual qued� perge�ada una fuerte conciencia de diferenciaci�n, que deb�a abocar en el ansia de liberarse de Europa y formar una comunidad  verdaderamente independiente y nueva en el mundo.

La Weltanschauung de los Padres precipit� la liberaci�n definitiva de las Trece Colonias, resultado natural de un largo proceso que comenz� en 1620, con el contrato de Mayflower, y acab� en 1776, con la Declaraci�n de Independencia de los Estados Unidos, redactada por Thomas Jefferson. He aqu� una parte caracter�stica de su texto: �Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales; que a todos les confiere su Creador ciertos derechos inalienables, entre los cuales est�n la vida, la libertad y la busca de la felicidad; y que para garantizar esos derechos los hombres instituyen gobiernos que derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados ... �. En esta declaraci�n general y en otras de los estados soberanos, tales como la de Virginia, qued� plasmado el credo pol�tico de los Padres de Norteam�rica, que pudieron ofrecer al mundo el ejemplo de una comunidad libre y poderosamente creyente en la Religi�n de la Humanidad.

A este respecto es digno de notar c�mo los ideales de la Aufkl�rung dieron mejor resultado en Am�rica que en Europa, adelant�ndose all� en efectos pr�cticos, hasta el punto de perge�ar la primera Revoluci�n ilustrada, antes de que el Enciclopedismo franc�s realizara la propia. Mas ello fue debido, como sabemos, a la presencia de dos constantes esenciales: la sustancia puritano-cu�quera y el car�cter natural de la sociedad colonial. La primera aport� su impronta mesi�nica a la Revoluci�n Americana; y la segunda facilit� su desarrollo. De ah� que la Declaraci�n de Independencia sirviera de modelo a otras europeas, como la declaraci�n de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, establecida por la Constituyente Francesa de 1789.

En adelante designaremos con el nombre de Antiguo Ideal de Norteam�rica el contenido de la Weltanschauung de los Padres. El t�tulo de Antiguo Ideal parece oportuno para nombrar el periodo de Historia Natural de los Estados Unidos, sobre todo si se piensa que a partir de F. D. Roosevelt nace un Nuevo Ideal, o Ideal de Historia Universal, como ya veremos en su momento.

 

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