Miguel Espinosa

TR�BADA

Theologiae Tractatus

 

DE JUANA A DANIEL: 6

 

 

�Qu� alegr�a me inund� anoche, al descolgar el tel�fono y o�r tu voz! Qued� suspensa, pues surgiste inesperado. Llegaba yo de la casa de mi hermana, dispuesta a recogerme en mi celda, para releer tus cartas, como siempre hago; ven�a triste, y me encontraba triste, cuando apareci� tu voz en mi o�do; su timbre ocup� y colm� de tal manera mi esp�ritu que apenas dej� lugar para recibir el significado de los vocablos; hablaste y te escuch� como voz, no como discurso. �Qui�n estar� m�s enamorada que yo, que te gozo eco y reclamo?

Veo que quieres vengarte de Damiana. Entiendes por venganza la restauraci�n, mediante la sensaci�n de culpa en la mujer, del orden que ella ha roto. Mas yo digo que nunca te vengar�s, porque tu monona detenta un m�nimo esp�ritu, casi una tirita�a, y en tal insignificancia no cabe la tribulaci�n. No pretendo afirmar que desconozca la desesperaci�n y su aflicci�n; antes bien, sostengo que las habita, pero inconsciente, lo cual se manifiesta como caos de conducta o incoherencia de raciocinio, seg�n he apuntado alguna vez. La existencia de un t�rtago inconsciente no satisface, sin embargo, tu sed de justicia; exiges una zozobra que se reconozca, una conciencia que aparezca precisamente al sentirse culpable. Ello no suceder�, s�belo. La hembra horra se convertir� oquedad, tiempo sin contenido, v�a sin direcci�n, inconsecuencia y desvar�o. Exclamaremos: �La habitante de la vulva es una escombrera�. Pero esta certitud no calmar� tu congoja, porque la necesidad moral pide que el sujeto se valore escoria, emoci�n que jam�s visitar� a Damiana.

Hablas con tu olorosa manzana para conducir su �nimo al campo de la moralidad, y, en consecuencia, torturarlo. �No es cierto? Sin embargo, cada vez que lo ensayas, quedas frustrado, e irritas, de paso, a la esquilita. No creas, querido m�o, que vuestros encuentros y disputaciones representan la liza entre el pecado y la c�lera de Dios. M�s bien son la gresca entre un mono y un loco cruel, cruel�simo, que intenta atormentar al animal en el potro de la �tica. No me muestres los ara�azos y estigmas de semejante lucha: marcas son que te rebajan y me averg�enzan.

La vehemencia de venganza se�orea y petrifica tu voluntad. Preso de tal obstinaci�n, esperas insanamente que la Providencia, el concierto velado de la estructura final del mundo, o la casualidad te ofrezcan el momento del desquite, y as� desertas de la existencia racional y te alistas en el gremio de los delirantes. Una pasi�n cristalizada y transfigurada totalidad nos encamina a la casa del augur y a las plantas del or�culo, pues la ofuscaci�n quiere hablar y ser escuchada. El empe�o furioso, la debilidad y la impotencia conducen, conjuntados, a los mayores extrav�os. �Te sorprender� consultando las entra�as de los animales para adivinar qu� ser� de Damiana y de su hombra? Seg�n mi opini�n, s�lo falta que te propongan el auspicio. �Alcanzar� tal degradaci�n quien encarnaba precisamente las ideas distintas y los claros espacios entre las cosas? Por otra parte, tu cuerpo padece la excitaci�n, el sobresalto, la rigidez y el decaimiento de tu alma; de ah� que te encuentres f�sicamente depauperado y hecho otro hombre, la voz quebrada, la mirada perdida, el habla balbuciente, el pensamiento oscuro.

Dices: �No puedo conversar con la tr�bada sin enfuriarme y querer agredirle. Mi atracci�n por ella entra�a odio simp�tico y sagrado, nacido de la visi�n de lo puramente demon�aco y en acto; tambi�n encierra mengua de mi ser. Damiana contiene y exhibe un mal que patologiza y ensimisma mis potencias�.

Y tambi�n: �Si la desnucara y troceara, no me librar�a del t�sigo que en m� ha colocado, porque el odio no concluye con el ensa�amiento: se detiene y desfatiga simplemente, para recomenzar fortalecido. Me aterra comprobar que la vulva fricante me ha vencido. No puedo sumirla en remordimientos, porque all� no hay lugar para la mancha; no puedo humillarla con razones, porque all� no cuentan los silogismos; no puedo atocinarla, porque mi rencor tampoco quedar�a saciado, sino despavorido de perder su objeto�.

Y tambi�n: �Si me solicita, me inquieta, y si no lo hace, tambi�n me inquieta; en el fondo, deseo que me requiera. Tal impaciencia no supone, sin embargo, anhelo de su persona, sino ilusi�n de verla destruida, amanecido el d�a del juicio y su sentencia, pasi�n que me liga indefectible a la bollera�.

Y tambi�n: �Si conociera la nueva de su muerte, me gozar�a, pero seguir�a odi�ndola. Escribir�a sobre su tumba la palabra tortillera, pero continuar�a odi�ndola. Dar�a su podredura a las basuras, pero proseguir�a mi encono�.

Y tambi�n: �Poseo lucidez para comprender que esto se denomina delirio, y que el odio transporta a la espiral sin fin de la locura. Mas no s� c�mo curarme�.

Amigo m�o, si Damiana exclamara: �Acepto la culpa y el castigo�, no dir�as tan terribles cosas, pues tu venganza se cumplir�a. �Imaginas a la ciruelita capaz de expresar espont�nea esa declaraci�n? Indudablemente, no. Pero voy a comunicarte una verdad: de saber que precisas de semejante confesi�n, tal vez la realizara, pues, aunque sus ardores hayan tra�do el mal, ella no es el mal. �No recuerdas haberme ense�ado que la naturaleza del propio Satan�s no es perversa, sino sus acciones, pues s�lo Dios podr�a ser, en todo caso, perverso? Debes pensar, al menos como recurso sedante, que el mal no existe, aunque asome en los hechos. Tu odio hacia la trapacero guarda m�s vileza que su pobre instinto, si denodado, limitado y estrecho. �Acaso ser�s t� el maligno?

Todo proceder atropella, enloda e inculpa. �Temo por mis obras�. La conciencia de nuestras tropel�as s�lo surge cuando tratamos de evitarlas; mientras no lo intentamos, nos creemos honestos y limpios. La avidez de tu gacelita por Luc�a y su comez�n de fricar, han originado los agravios que le imputas, y que ella no ha querido. �nicamente en el caso de haber pretendido impedir el dolor a ti causado, habr�a conocido su realidad; pero la llamita no lleg� tan lejos: se detuvo en la inmediatez de la gana. T� tambi�n, querido m�o, te detuviste en un punto an�logo cuando te afectaste de la trotona y quedaste ocho a�os en ella, sin pensar que transmutabas mi alma yermo. Dos mil novecientos d�as tardaste en admitir tu falta, y yo te absolv�, porque te hall� hundido; igual hubiera hecho el primer d�a, vi�ndote alzado sobre mi sufrimiento. �La acci�n configura la esencia del ser; por eso no cabe el perd�n ni el arrepentimiento� �has escrito en el diario que entregaste a Jos� L�pez Mart�. Ello no es cierto; tu talento se ha excedido esta vez. Si yo aplicara, en efecto, el apotegma a tu conducta, �c�mo habr�a de juzgarla? �De qui�n tuviste piedad en los �d�as de los dulces suspiros� con la vagarosa?, �de qui�n misericordia?, �en qui�n reparaste? �Te parecer�a justa una implacable persecuci�n por el da�o que ocasion� tu dicha?

Queda tranquilo, amor m�o, est�s absuelto; mas tambi�n lo est� tu cerecita, esfera, esferita, oliva, olivica. El arrepentimiento y el perd�n iluminan la ceguera y oscuridad de los comportamientos, y deben ocurrir y ser concedidos; incluso, hemos de perdonar sin exigir compunci�n. �No es esto mandamiento judeo-cristiano, como dir�a aquel Antonio Abell�n que citaba la Damiana? Resigna, pues, la c�lera. �Desde cu�ndo eres la santidad?, �qui�n te mand� restablecer el orden?, �qui�n te nombr� vindicador? En cierta ocasi�n afirmaste que el mundo es la cara del Maligno, transparentado en las cosas. Acepta que la Voluntad as� lo quiere, y no aborrezcas el mundo, aunque lo reh�yas; tambi�n es obra de la Divinidad. Ap�rtate dulcemente de Damiana, pero no la odies, pues el desamor te unce al simio. Comprende, comprende y tolera. �No quieres comprender?

Aleja, por tanto, de ti esa inmunda expresi�n: �Si conociera la nueva de su muerte, me gozar�a, pero seguir�a odi�ndola. Escribir�a sobre su tumba la palabra tortillera, pero continuar�a odi�ndola. Dar�a su podredura a las basuras, pero proseguir�a mi encono�.

Te has detenido en el pret�rito, a su seno has regresado y all� te has aposentado, sepult�ndole en Damiana, puro acto oculto. �Quieres ser el gusano de su carro�a fermentada, o prefieres que ella lo sea de la tuya? �No recuerdas que se dijo: �maldito el que vuelve la vista atr�s�? Y tambi�n: �maldito el que tornare por el mismo camino�.

Yo soy ahora el otro camino, la v�a que se te tiende para salir del pasado. Anda por ella, querido m�o, anda por ella.

 

 

P�gina principal